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De hoy en más en mis oraciones. Larga vida para tí
Hacía mil que no salía un fin de semana. Porque no tenía plata, porque alguien más no podía, porque no quería molestar o no era el momento indicado. Excusa va, excusa viene... hacía más de dos meses que no salía. Y es mucho tiempo. No es que no haya tenido periodos de reclusión mayores. De hecho empecé a salir de noche recién este año; antes no me llamaba la atención. Pero como el hombre es un animal de costumbre (mi tía diría que también es muy fácil que se acostumbre), esta situación me producía algo de angustia. Cosa que ya pasó.
Ayer me fui de casa como a la una de la mañana. Debía haber estado una o dos horas antes en el centro, pero entre esto y aquello (y un poco más de lo otro), se hicieron las 12 y no me había bañado, no sabía que ponerme, y mi pieza era el Caos mismo.
Llegué al centro, y me llamó Gabriel; que estaban en la casa de Maxi, con los chicos; que valla para allá.
Llegué. Tristísimo. Parecía reunión de héteros. Y la música tan divertida... Ni para tomar había.
Hasta que de la nada apareció un tal Vaianu, que no esta mal, pero no es como el comercial promete. Y nos fuimos al living a esperar. A un tal Gustavo. Que no era yo. Y “que dónde se metió”, y “que porque no llega”; que “quizás le robaron el celular y no puede comunicarse”, que “esta tirado en una zanja”, o peor, que “esta super encamado”. Cuestión que el alcohol era poco, pero las risas de unos abundantes, y la cara del otro fatal.
-Vamos a la “X”-, (ex Extasis, actual We Love; más fácil la “X”), -capaz que esta esperando ahí-, dice el plantado.
-¿A la X? Noo, yo quiero ir a Pin Up, y no quiero pagar dos veces-, le susurro lastimero a Gabriel. Teníamos entradas gratis para Pin, pero por esperar a mi tocayo se nos vencieron. Y él, Gabriel, que es tan bueno con todos, me termina convenciendo con que “estamos un rato y después nos vamos”, con “no lo podemos dejar colgado” y con más entradas gratis (esta vez de “X”) que al final nos salieron 15 pesos a cada uno.
Bueno, sí; fuimos a la X. Yo no conocía, y la verdad que era como una deuda pendiente. En Mar del Plata hay dos boliches gay, que se dan el lujo de hacer con nosotros lo que quieren. O vas a uno, al otro, o con los “otros”.
Entramos. Si en la casa de Maxi era tristísimo, esto era un horror. Era el típico antro de los '80. Con el descarte musical de los '80 también. Muy película norteamericana de época, en donde el director trata de hacer énfasis en lo marginal. A mal tiempo buena cara, trato que sea mi consiga, y le pongo onda. Me muevo como puedo, sin una gota de alcohol, con esa música imbailable (Nota: amo la música de los 80, pero todo a su momento y lugar). Finalmente concluyo que la “X” no esta nada buena: no hay chicos lindos, y sí muchas mujeres; es chiquito y no tiene onda.
Salimos. Acompañamos con cara de pocos de amigos al plantado, que se fue cabizbajo.
Vamos por fin a Pin. Entramos. José no tenía plata. Por lo que después de mucho pensarlo decido pagarle la entrada porque si no no entraba (la idea era pagar solo el transporte, no el valor de 3 entradas más el transporte, pero bueno, dios proveerá).
La gloria. Ya escribí antes un post sobre Pin Up; no es gran cosa: es chico, hubo veces que la música tuvo problemas, pero que bien que la paso cada vez que voy. Al instante nos mandamos a la pista a bailar. Hasta que empezó el show de los transformistas, que estuvo muy bueno. Terminado, volvió la música, y creo que llegué al climax cuando pasaron You spin me arround (remix).
Después, de la nada, regetón (¿se escribe así?). Todo bien (no voy a decir ahora que estoy harto de esa música), pero no sabía que en este tiempo que no iba a Pin hubiera cambiado tanto. No es un estilo que me moleste mucho más, pero no fui a bailar eso, y cómo me costó.
Creo que lo que más me molestó fue lo loca que se puso la gente cuando empezó esta música. Como si hubiesen estado esperandola toda la noche. Sí, loca; hasta hubo una parejita al lado nuestro que entre el meneo y el perreo (?) se pusieron a practicar sexo oral (lo juro, el chico le levantaba la mini falda y bue...). Al final (en realidad, a la mitad), ya me movía sin ganas, cansado. Cuando después de más de una hora, a media de irnos, volvió la música de siempre. Fue como renacer, pera ya estaba cansado.
Perdidos nuestros acompañantes entre la multitud, con Gabo nos fuimos solos. Llegué a casa a las 8 y tuve que bañarme. Me desperté re temprano (para mi, a las 15 después de trasnochar es temprano), y aquí estoy feliz y contento. ¿Preguntas?
Me hace bien teclear un poco. Y ahora me vuelvo por acá, porque es 8 de diciembre, día de la virgen (Nota: hoy también canta Madonna en Argentina), día para el cual tenía planeado desde hace unos días una publicación relacionada con el título.
No me gustan las fiestas. En realidad, nada que sea por esta época, excepto las variedad de frutas, de flores, las lluvias (¡ay, que gay!, jaja), y creo que nada más. No puedo disfrutar del verano porque soy alérgico al calor (sí, dije bien; por ende al Sol también); no voy a la playa por eso -excusa 1- y porque como de chico fui obeso (ahora soy divino) tengo complejo con mi cuerpo -excusa 2- (y no quiero que mi mamá se entere que me depilo, porque de otra manera no me desnudo a campo abierto -si la cosa se pone brava, esta es otra excusa). Además estar en vacaciones implica, desde hace unos años, que tengo que trabajar en temporada: si no lo hago (como el pasado año, y el anterior al anterior también) no me puedo comprar lo que quiero, papá me pone caras raras , y me aburro (por dios que sí).
Cuestión que todo esto de los calores en esta parte del mundo me irrita. Me irrita también tener que estar “flaco” o “modelado” de una manera especial, por estar más suelto de ropa. Eso quiere decir también comer más sano. Sano. Eso es lo que no se puede cuando al inicio del verano/vacaciones estivales están las fiestas.
La tradición argentina en su afán de no sé qué, copió lo que pudo, por ejemplo, las calóricas comidas del hemisferio norte. Supongo que algo autóctono para estas celebraciones serán las terribles reuniones de la familia extensa, con música -que nunca es la que me gusta-, más comida -ya estoy harto del vitel toné-, cohetes, y noche de olvido toda la madrugada (este 25 me encuentran en Pin Up).
Desde que trabajé dos larguísimas semanas, por un sueldo más que magro, en un bazar, en plena época pre-fiestas, odio estas celebraciones. Siempre digo que haber vendido artículos navideños en aquel diciembre me volvió pagano para toda la vida. En esos días de locura (13 horas corridas, con intérvalo de 15' para comer y estar sentado) no paré de vender luces para arbolitos, bolas y boas para arbolitos, pesebres para arbolitos, arbolitos desde 20 cm hasta 2 mts.
Hasta ridículos disfraces y caretas de Sr. Noel vendía (versión hemisferio sur, claro está). A dios gracias que no estuve en casa en el día entero para acordarme del dichoso pino y sus bolas tristes.
Pero ese verano tortuoso terminó. E inevitablemente llegó el siguiente, con la misma historia: el bendito árbol, las luces y toda la parafernalia de una sociedad en crisis. Y no me gusta. Me es absolutamente indiferente, sin sentido. Entiendo que no debemos romper la ilusión de los infantes. Pero en mi casa el más joven tiene más pelitos que el más viejo. Entonces, ¿para qué sacamos esa cosa polvorienta todos los 8 de diciembre? ¿Para quién?
Recuerdo que el la última Navidad, cuando estaba más cerca de las creencias sobre la Madre Tierra y el Universo que mantengo actualmente, me acordé de Jesús (que debemos colocarlo en el pesebre a las 12); mi familia brindo, y alguien recordó, una hora después, al Salvador. Tradición y creencias como estas, yo, ASÍ NO.
Es de público conocimiento la crisis social que estamos enfrentando en cuanto a seguridad (los que viven lejos, solo lean los titulares de diarios argentinos).
La situación se desmadró. Ya no nos roban monedas, una bicicleta. Ya no entran furtivamente en las casas y se llevan lo que encuentran. Ya nada de lo anterior es esporádico. Todo es periódico y constante. Con plus de muerte. Nos matan. ¿Quiénes? Ellos. Porque es así. De un lado estamos las víctimas (la gente que trabaja, los ricos, los pobres dignos, los que viven y dejan vivir... los que no somos ni una cosa ni la otra, sino que luchamos, poco o mucho, por estar mejor). Del otro lado los victimarios (los excluidos, los descendientes de los eternos “grasitas” de Eva Perón [bueno... los morochos], los que son “chorros” porque quieren... que se yo, la fauna es tan amplia que no quiero detenerme en este momento sobre su diversidad).
Sí; estamos muriendo. Y no es que me preocupe una merma en el futuro censo. La gente honesta en este país es mucha, y siempre será más. Lo que me preocupa es la muerte misma, que es igual para todos. Cada uno de nosotros somos pasibles de morir de la manera más absurda, y por nada. Porque si robaran algo... No, ni eso: basta que estén drogados, que se enojen por no obtener lo que buscan, o simplemente que un ruido los asuste y les haga apretar el gatillo. Algunos matan “careta” (sobrios), según ellos. Y listo. Un gasto para la familia, que de la noche a la mañana tiene que armar velorio (ni hablemos del dolor).
Estamos muriendo. Y ahora es diferente. A parte de ser todos los días, nos matan los chicos. Ellos se amparan (¿entenderán este término?) en la ley, que indica que los menores son inimputables. Ellos portan las armas, los grandesitos hacen el resto. Si cazan a uno de estos chicos... no pasa nada, son menores; ni pueden alojarlos en las comisarias. Los sueltan, para recibirlos a las pocas horas por oto delito más.
Llegamos al tope. Y el debate se abrió. Sonaron voces (esta vez con fuerza), que piden la baja de edad para juzgar delitos y crímenes. Y del otro lado salieron a responder aquellos que no sufrieron nunca una conmoción como las que escuchamos diariamente en la TV. Ellos dicen que no se puede, porque son menores, que son empujados a eso por la droga, que no tienen consciencia de ello. Los otros, que son menores pero matan, simplemente (no dan vueltas, ya no se puede hacerlo).
Y me veo en la obligación de manifestar de que lado estoy. Antes, quisiera contar como es mi vida desde aquel robo, llegando a mi casa a las 8 pm en julio:
Ya no salgo solo, si no con el perro. Y de noche tampoco salgo.
Mis padres me van a buscar del colectivo a la parada si se me hace muy tarde (22 años tengo).
No hago compras por el barrio.
Salir a la vereda a dejar la basura en el cesto... solamente alerta como un perro asustado.
Cuando vuelvo de la calle, las últimas cuadras son las peores: las palpitaciones se me aceleran, y es inevitable mostrarme nerviosísimo; hago cuentas matemáticas para poder concentrarme en algo y evitar agitarme (¿les dije que tengo pequeños problemas de corazón?).
Desde aquel episodio vivo con miedo. Y desconfío de todo el mundo. En especial de aquellos que comparten el perfil de “mi ladrón”: se visten con ropa deportiva (sus zapatillas son equivalentes a medio suelto de un mortal comun), con gorra de vicera aunque sea de noche; en invierno llevan abundante ropa para ocultar armas y los identifico sobre una moto cuando no tienen casco.
Es duro vivir así. Y estoy harto. Lamento las muertes de las víctimas. Profundamente. Pero no la de los delincuentes. Siento que ellos no tienen cura, que son el cancer de la sociedad, que en esta guerra histórica y silenciosa nosotros no estamos en el bando de ellos. Y después esta el tema de los menores.
Puedo entender que el contexto los arroje a esta situación. Y que seamos responsables TODOS nosotros. Pero no puedo entender que haya derechos para ellos y no para nosotros.
Yo, Gustavo Ezequiel Diaz, argentino, DNI 32482046, pienso que deberían estar separados, ya sea en internados, instituciones, granjas en la despoblada Patagonia, produciendo quesos y mermeladas. Ya no podemos permitir esta situación. Tampoco de ninguna manera nuestra vida vale menos que las de ellos. Y ellos no pueden seguir así. Por su bien, por el nuestro, algo debemos hacer. Y todos sabemos que es ese algo.
Dicen que no son malos, pero tampoco buenos. Que son la forma alternativa de inteligencia de este planeta, y que no tienen interés en el contacto con humanos. Hay gente que afirma haberlos visto. Un familiar muy cercano a mi vio uno, pero fue tal la conmoción de aquel encuentro que no suelta palabra y niega todo. Los que lo escucharon nervioso después del incidente me cuentan por lo bajo que, con el amigo (de mi pariente) molestaron a un ogro que se les cruzo en el campo, se le burlaron. En respuesta el duende se defendió. Y alcanzó al amigo de mi familiar... que quedó con secuelas mentales por golpes del ogro (parece chiste; a mi solo me contaron, y he de creer en mi familia). Estas cosas suelen ocurrir en el campo y pueblos pequeños. Me refiero a las historias. ¿Ustedes qué creen? ¿Existen los duendes?
Los duendes están muy arraigados en la cultura popular. Famosos son los enanitos que acompañan a Blancanieves (sí, lamento desayunarlos con que la historia disfraza a 7 duendes, número para nada azaroso); o la cosita esa que revoloteaba a Peter Pan (¿Campanita?); los duendes irlandeses que cuidan oro al final del arco iris... sin ir
más lejos: los de cemento que tenemos en el jardín, o los mismos Pitufos (ni hablar de la fauna de The Lord of The Rings).
¿Se acurdan de Ariel, la sirenita? Bueno, ella es (era) un duende de agua. Casi no recuerdo la historia: se había enamorado de un rubio divino, y quiso ser mujer (que valiente) (¡naah!, chiste). Supongo que cuando lo logró (porque la historia no cuenta mucho más), se casó con ese rubiazo, y fue feliz, si eso es posible. Se habrá embarazado como cualquier mujer sana, porque ya era mujer. Porque si hubiese sido sirena hubiese puesto huevos... Porque las sirenas ponen huevos. ¿O se embarazan como nuestras mujeres? ¿Las sirenas ponen huevos? ¿Las sirenas son ovíparos o mamíferos? ¿Las sirenas son o se hacen?
PD: Que alguien nos saque de este dilema, que se me ocurrió a mi, y que nos hace pelear con mi novio... y la mitad de las personas a las que pregunté. No vale “las sirenas no existen”. ¿Existe la película de la sirenita? ¿Aparecen en la Odisea? Bueno hagan la abstracción mental y respondan.
Como decía, mamá me despertó a las 10, pero me llevó una hora despegar mi cuerpo de las sábanas (¿Será porque son de suave algodón, que me cuesta tanto despertarme?). Mi orzuelo amaneció mejor, aunque me costó lavarme la cara.
Mamá cocinaba ñoquis (de ninguna manera nosotros comenos ñoquis un 29; por dios, dónde se ha visto). Y hermanito se paseaba por la cocina mostrando se cuerpo desnudo y peludo, tanto asco me da. Ayer casi peleamos con mamá, por culpa de él, porque no hace nada en casa, y la culpa la tenemos los dos (él y yo). Como si yo fuera culpable de que ella lo haya criado de esa manera; mamá: ya es hora de que te hagas cargo de lo que sembraste. Así que ni bien terminé de cepillarme los dientes, fui a lavar lo que mi mamá usaba, para demostrarle inútilmente, una vez más, que el mal de nuestra casa no soy yo.
Al rato llegó mi tía, hermana de mi papá. Todos saben la relación de un hijo con los parientes del lado del padre. Es regla general ese tipo de relación, por lo que no es necesario que la describa acá. De todas formas, ella es la representante de los dad's relation con la que más simpatía tengo. Presumo que la pobre tenía ganas de desahogarse de alguna manera, pues no se fue hasta que mi mamá amenazó invitarla a almorzar. Hasta ese momento, su monólogo era de desgracias suyas.
Comimos. A mamá se le olvidó ponerle sal a los noquis. Por lo demás, estaban perfectos. En la sobremesa me escapé un segundo, que fue casi una hora, para navegar un poco por la web. Tuve oportunidad de saludar a mi amor, y leer un poco los diarios. Luego volví a la cocina. Me recordó mamá que tenía que hacer un bizcochuelo (en casa los hago yo, porque soy gay supongo, porque nadie los hace mejor creo más), porque mi “papá no iba a tener nada para acompañar el mate” antes de volver al trabajo. Pues me puse a hacerlo. Me llevó poco tiempo. Por primera vez usé la procesadora para batir las claras (ese es mi secreto, batir las claras de los huevos hasta punto nieve). Salió re bien (el punto nieve), todo en menos de un minuto. Y fue al horno.
Entre tanto, recordé el humillante deber con mi madre, el de ayudarla a teñirse el pelo. Querido diario, si algún día muero, mi consuelo es que estas hojas sean encontradas por mamá, y que se entere de todo eso que no escucha, pero que de verdad siento en lo profundo de mi corazón. Odio y me siento denigrado en mi integridad moral cuando tengo que ayudarla a teñirse el pelo. Es sorprendente el sentimiento de pena hacia mi mismo que esto me produce, y tanto el gozo y alivio cuando termino. Pues bien. De nada ya me sirve negarme, porque las peleas que continúan a esto duran meses. El sacrificio dura a lo sumo media hora.
Terminé de ayudarla en eso, y volví a la computadora. En un momento escucho que me llama mamá; voy a la cocina y me dice: se desinfló. Últimamente tengo que adivinar de que me habla... para
ella las conversaciones son como pensamientos, necesariamente tácitos. Quizás, el hecho de ser su hijo me llevó relativo poco tiempo en darme cuenta: abrí el horno y saqué el bizcochuelo. Venía tan bien... Se había hinchado tanto. Pero ahora que estaba listo, había disminuido hasta la mitad. Sé que estas cosas le suele ocurrir a menudo a la gente. Pero en más de 10 años que tengo de hacer bizcochuelos esto jamás me había pasado. Un desastre, eso fue lo que fue. Seguramente sentí aquello que sienten las personas cuando les ocurre algo así. Mi decepción se vio aumentada porque en mi esto sí que era inaudito. Es por eso que nunca más voy a usar esa maldita procesadora, ella debe de tener la culpa.
Por lo demás, el bizcochuelo ese salió genial, hasta más rico, por lo que no dejo de mostrarme enojado.
A la media hora llegó papá. Con facturas, como 2 docenas. Me sentí aliviado. Aunque sus facturas no eran tan buenas como la cosa esa que había sacado del horno.
Ay diario, esto hasta esta hora. Me siento feliz de poder contártelo. No sé qué es lo que voy a hacer el resto del día. Tengo mucho por ordenar, un poco más por leer, pero no podía dejar de tomar una lapicera y decirte estas cosas.
Un diario es esto. Es el lugar donde uno pone lo que cree digno de ser escrito. Esa es la diferencia con un blog. En el diario puedo contar lo aburrido de mi vida, con tanto énfasis como si fuera una aventura. Un blog es distinto. En un blog tengo la ilusión de que alguien encuentre algo realmente importante, o por lo menos entretenido. Acá tengo que poner algo que valga la pena escribir. Pues bien. Casi todo lo que escribí arriba es cierto, fue mi día de hoy. Me llevó menos de lo que tardo en escribir un post, por más chicos que sean o simples que parezcan los que encuentran acá.
Nada, solo eso, quería contarles esto nada más.

Entonces, ¿por qué tendría que vacunarme? Esa propaganda no se dirige a gentes como mi persona. Gentes como yo estamos a favor de la equidad (no igualdad) de género, bregamos por la educación, el diálogo, la inclusión. Tratamos de ser mejores, porque se puede, porque es derecho y obligación. No somos machos ni queremos serlo.
Macho es el “me vacuno porque si no te contagio”. Macho es el Gorila Grondona que dice no ser machista, "pero antes de ser hombre [es] macho”. Machos son la gente pobre de cultura (y muchos "ricos" también), que tienen este concepto como valor: así los criaron mamá y papá y ¡guay que no le leve los calzones una hembra!
Sinceramente, me siento ofendido. Porque sea como sea, no puedo hacer una protesta no vacunándome. No, porque como soy igual de vulnerable que un “macho” me puedo contagiar (seguramente de un macho). Y voy a tener que vacunarme, mal que me pese. Ya estoy cansado de que en este país las cosas se hagan a las apuradas, en el mejor de los casos. Aunque creo que la bronca viene por otro lado, por el lado de saber y hacerme el tonto. Porque la propaganda algo de razón tiene. Argentina esta llena de machos, no de hombres. Eso me da vergüenza.
Soy Gustavo y vivo en Mar del Plata. Tengo 24 años, un novio a la distancia, una familia más distante aún, y una vida con la que comprendí, ahora, que no sé qué hacer con ella. ¡Ah! Vivo solo, pero hasta diciembre nomás. Este blog nació hace más de tres años y fue para otra cosa. Tuvo varios fines. Casi lo di por perdido. Siempre trato de volver. A veces tengo éxito. ¿Respondo su pregunta?