lunes, 26 de diciembre de 2011

Navidad problemática # 26

Supongo que el primer gran desafío, luego de la muerte de mi hermano, era la Navidad.

Hemos estado hablando algo con mi psicóloga sobre ello. Me explicó la importancia de esta fecha, me habló de la energía circulante de estos días (me dijo cosas que no recuerdo, pero creo haber asimilado el concepto). Solo, luego, me pregunté si mi rechazo visceral por esta festividad en particular era real. Me propuse ponerle onda. Esta sería una Navidad distinta, la primera del resto que nos toque vivir.

Al principio no sabía bien qué iba a ocurrir. Tradicionalmente, las Fiestas se pasan en esta casa porque es amplia. A veces vienen parientes. Siempre se cocina mucho.

Esta vez, algunos de los de siempre avisaron con tiempo que no vendrían; los otros no se habían pronunciado hasta ayer. Hace un día o dos me enteré que el plan original de mi mamá era acostarse temprano, pero recapacitó. Recién el 23 se animaron a hacer las compras para la mesa (antes, como siempre, se habría comprado todo por lo menos dos semanas antes); Navidad estaba tomando forma.

En la víspera se ultimaban detalles. Yo llegué bien tarde a casa, con el tiempo casi justo para bañarme y sentarme a la mesa. Y fuimos, nomás, los que quedábamos vivos y un tío: 4 en total.

Y fue un desastre. Faltando más de una hora para las 12 se habían agotado todos los temas. Mi mamá se torturaba (tiene una forma particular: se frota los dedos de las manos; ahí yo ya sé que piensa en mi hermano) con la mirada fija en la mesa; yo moría del sueño; mi tío suspiraba a causa de la molestia de su vientre abultado. Mi papá al fin se rindió, y concentró su mirada ausente en el televisor. Por momentos, casi turnados, todos nos dispersamos: no sé para qué se levantaron los otros, yo lo hice para fumar un “puchín”, a ver si así podía remarla.

Y dieron las doce y… bueno, abrazo a papá, abrazo al tío, y cuando llega el de mamá todo se fue al diablo. Se puso a llorar desconsoladamente.

Diría que lo entiendo, pero… no. Yo soy el hermano del muerto; en esta vida nací con pito, nunca nadie saldrá de mi interior. Será por mi real convencimiento de que la muerte es sólo una metáfora… no lo sé, mi madre no lo entiende, y yo no la entiendo. Y puedo ver que su camino hacia la Verdad -uno largo y duro, por cierto- recién se inicia. Estas, sus lágrimas, a menos de tres meses, son tan sólo las primeras.

Cuando entreví que se calmó un poco me fui a buscar sus regalos. En esta casa nunca nadie ha hecho regalos navideños. Quizás yo sí los hice alguna vez, pero eso en sí mismo es tan extraño que puede que sea una fantasía mía y no un recuerdo auténtico. No sé porqué tenemos estas prácticas… con el deseo inmenso que tengo de que alguien me regale algo sin que yo lo pida.

A mi mamá le regalé un perfume. Era eso o una pulsera. No sabría que otra cosa darle. Igual que a mi papá: le compré un CD de Vicentico. Son tan herméticos mis viejos. Quizás realmente sí fueron regalos de mierda, que bien caros me salieron ahora que no trabajo: mi mamá simuló que le gustó, pero me pidió que lo saque de su vista (así lo interpreto). Mi papá fue más honesto. El CD sigue en el mismo lugar en que lo apoyé para que lo viera hace más de 24 horas. Dudo que sepa de qué o quién trata, ni siquiera le quitó el envoltorio.

Alguien me ha dicho que debo dejar de esperar nada de los demás. Pero me duele. No por el dinero; es la reacción. Realmente, nunca nadie que me quiso me regaló algo para Navidad. Realmente no esperaba que en esta ocasión fuera distinto. Pero que me hagan esto… yo entiendo que se les murió un hijo, pero a mi se me fue antes de tiempo un hermano. Ellos se tienen a sí mismos, pero yo no tengo a nadie. Y un día ellos también morirán y mi sentimiento de soledad será efectivamente real. Creo que mi situación no es mejor que la de ellos. No me quejo, pero pongo voluntad.

O quizás yo sea el culpable, un estúpido infeliz que no tiene la capacidad de comprender que nada de lo de ellos se puede comparar. Feliz Navidad.

martes, 18 de octubre de 2011

Nunca más volverá

Hoy entré a su pieza y caí en la cuenta de que nunca más volverá. Entré buscando algo, no sé qué. Empecé a revolver sus cosas y en un cajón, debajo de una carpeta había una foto suya junto a mi mamá. Mi hermano había guardado una foto en la que abrazaba a nuestra mamá, ahí. Y yo la encontré. No lo esperaba. Con mi hermano no teníamos mucha comunicación, y desde el momento que comprendí que me respetaba yo dejé de invadir su privacidad. No tenía forma de imaginar que entre sus cosas guardaba una foto junto a la mujer que más amó. Y yo la encontré allí. No la vió nadie más antes que yo. Y no fue la foto, fue mi hermano quien allí la dejó y yo la encontré. ¿Entienden? En este momento no paro de llorar. Creo que por fin llegué a la tristeza, a darme cuenta que jamás volverá, que se fue, que abandonó una vida a poco de haberla iniciado. Supe y sentí todo esto al darme cuenta que sus cosas estaban acomodadas a su manera, una que lo espera al final del día para que las vuelva a ordenar. Pero eso ya no ocurrirá. Mi hermano dejó una foto guardada y nadie más la vio después de él. Nadie más que yo, hoy.

sábado, 15 de octubre de 2011

La desgracia que golpea a nuestra puerta

Uno piensa que estas cosas le suceden a los demás.

Hace menos de una semana murió mi hermano. Fue todo muy sorpresivo: un día cumplió años, dos días después chocó con su moto, y a las semanas su corazón dejó de latir. Tenía un año menos que yo.

Hoy no tengo tantas ganas de hablar de él. Supongo que al pasar los días, los meses, nos iremos acostumbrando a su ausencia. Aprenderemos a convivir sin él, porque de eso se trata: llevar esta marca en nuestros corazones para toda la vida.

Desde luego, mis energías ahora se concentran en apuntalar a mis padres.

Por mi parte, me suceden cosas extrañas. No siento dolor. No es que me encuentre insensible. Por momentos me emociono mucho y, claro, lloro. Pero me sorprende que ni mi llanto ni lágrimas son de dolor. Es muy extraño. Yo he vivido un ataque de pánico y he sentido el dolor en el corazón por la angustia. Pero hoy no me duele nada de eso. Es como que tengo muy claro que mi hermano siguió y sigue su camino de Evolución, que nada ni nadie lo habría detenido. Quizás algún día lo comprenda mejor y me quite la culpa de no sufrir. Al menos he tenido la oportunidad de decirle que lo amo, mientras estaba en coma en una cama de hospital; creo que eso tiene mucho que ver en cómo me siento ahora.

Mi vida y la de mi familia se ha detenido. Mi papá al menos volvió a trabajar y a tener su mente un poco más ocupada. El caso de mi madre es distinto y eso será un capítulo aparte para todos.

Yo abandoné en la práctica el departamento que ocupo en el centro. Me queda el alquiler de un par de meses más, pero es en casa de mis padres donde duermo hace casi un mes. También dejé la facultad; tanto ir y venir, de médicos y hospital, rezos y familia, angustia y no sé qué otras cosas pudieron más que mi concentración, pero no tanto como la culpa (sí, ella otra vez).

Trabajo: hacía un mes que estaba desempleado al momento de la primera desgracia, la del accidente. Y hoy siento que mi mamá necesita mi compañía, o al menos no me atrevo a dejarla sola. Aunque veo que eso será inevitable en la proximidad. Mis cuentas ya están en rojo; y a pesar de una serie de reflexiones, de corte ecologista-espiritual-revolucionarias de último momento (todas amparadas en el hastío que me producel eso que llamamos consumismo), nuevamente me invade la necesidad de disponer de dinero, naturalmente.

En casa, mi antiguo y nuevo hogar, me entretengo con tareas de jardinería. No tengo muy claro cómo seguirá mi vida. Ahora comienza una serie de cuestiones burocráticas que no podemos eludir referentes a la muerte de mi hermano. Planeo preparar al menos un final para la facultad y comenzar a pensar en buscar trabajo. Tengo en la cabeza el tema de mi cuerpo, de mi aspecto físico: empieza el calor y me siento incómodo con poca ropa. Desde el último verano no he engordado tanto. Pero bueno, ya saben.

Por ahora eso.

Nota de color: en el velorio me reencontré con Pini, mi ex. Estaba en Mar del Plata cuando se enteró y quiso verme. Hacía por lo menos dos meses que no teníamos contacto alguno. Y allí nos abrazamos largamente y me dejó llorar en su hombro. No se quedó mucho tiempo, pero el que estuvo se la pasó acariciándome. Me dijo que me quería y que al igual que yo, me había extrañado mucho y que siempre estaría a mi lado. Por supuesto, ni bien lo vi reafirmé que aún lo amo y lo haré por mucho tiempo. Cosas de la vida.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Adicto a Facebook

Entiendo perfectamente que a nadie le interesa. Y quizas sólo escriba esto para que Peter se apronte (me comunicaré con vos cuando sea necesario, en las próximas semanas)... Cerré mi cuenta de Facebook. No deja de traerme problemas. Me conectó todo el tiempo para ver si "alguien" en especial publica algo... y ni siquiera usa la red social... No sé a dónde estoy llevando mi vida. Mañana he de hablarlo con mi psicóloga, justo cuando se decide a dejar de verme tan seguido.

Hoy extraño mucho a Pini

Yo sé que lo nuestro es un imposible. O un posible doloroso e innecesario. Las cosas están mejor así ahora que no nos liga más que los buenos recuerdos. Pero sucede que hoy lo extraño mucho.

En reiterados momentos del día lo he recordado de manera particular. Sí, aún estoy en ese estado en el que cualquier cosa puede arrastrarme a su persona. Por ejemplo, mientras escuchaba la radio, pasaron un tema de Dread Mar I. Esa banda le gusta mucho a Pini, y por si fuera poco, no creo haber escuchado menos de 10 veces el disco entero cuando fui por primera vez a su casa: mientras nos amábamos y volvíamos a dormir, desde la madrugada hasta la mañana esa fue nuestra música de fondo. Tengo un recuerdo muy particular sobre eso. En un momento le pregunté qué sería de nosotros. Hacia poco más de un mes que nos conocíamos. Me dijo que no sabía pero que dejáramos pasar el tiempo, él nos daría una respuesta. Y en ese momento escuchamos de fondo algo como “yo sé que lo que siento es amor, y esta creciendo”. Nos reímos, los dos ya lo sabíamos.

Por estos días mi papá esta en casa y se entretiene haciendo algunas refacciones. Se detiene un momento y toma el vaso con jugo que le alcanza mi mamá. Se miran un instante, no mucho más… se han dicho todo. No sé si se aman, no me interesa. Sí sé que se respetan y necesitan. Ya han concretado sus vidas y aunque no fue fácil están contentos en cómo lo han hecho, y juntos. Me pregunté también en el día cómo sería nuestro presente, o futuro, si la vida nos hubiese encontrado en otro lugar. Quizás no hubiesen funcionado. Yo creo que sí…

En este momento estoy tentado de escribirle un mensaje, pero… ¿qué decirle?

Hace un mes y medio que lo vi por última vez, y hace casi tres semanas que dejamos de comunicarnos. Quedamos en que deberíamos vernos, sabiendo el uno del otro que ninguno estaba bien. Pocos días después se enteró que lo había eliminado de Facebook. (Lo sé; parece una chiquilinada. Pero era doloroso para mi abrir esta página de vicios y ver la foto de su perfil. Opté por mi. Pero él tampoco lo necesitaba. Sabía y sabe mi número si quiere “saber cómo estoy”). Su descargo fue el siguiente:


“Quise entrar en tu Face para saber qué es lo que te está pasando. No pensé que me eliminarías. Me duele pensar que es tan fácil desechar una persona u olvidarla. No quiero perseguirte ni que lo sientas así pero no sé qué pensar… qué fue real y que queda en el plano de lo virtual…”


No sé. A veces pienso que daría mucho de lo que tengo por volver a vernos, besarnos, para una noche juntos, llorar y volver. A su lado, por instantes, me sentí parte del Universo, pleno, feliz de tener la oportunidad de vivir. Pero también pienso que, aunque no soy tan joven, son 25 los años que llevo a cuestas; mi vida, a diferencia de la mayoría, empezó hace poco y necesito construir mucho antes que nada. No sé… la verdad, no sé.



PD: este texto no se acomoda a mi gusto. Pero lo tomo como un descargo. Disculpen las incoherencias. No lo quiero releer.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Sí, soy un idiota

"¿Qué haces esta noche?" "Me veo con Edgardo…" "¡Ah! Qué lindo. Te vas a cuidar, ¿no?" "No vamos a hacer nada." "¿Por?" "Porque me duele el pito…" "¿!Y por qué!?"


Le mentí que me masturbé de una manera algo violenta. Que me dolía, sí, pero por otra cosa. Me daba vergüenza decirle que había invitado al chico más feo de Mar del Plata a tomar mate… y que no fue mate lo que él terminó tomando.

Antes de lograr que se fuera ya me sentía morir, con una sensación de suciedad en todo el cuerpo, principalmente en las manos. Él me preguntó varias veces qué me pasaba y yo fingí que estaba preocupado por lo mucho que tenía que estudiar.

Este ser extraño al que ni me atrevo inventarle un nombre insistía perpetuamente con verme, saludarme, que me extrañaba y no sé cuantas cosas más. Me cansé de decirle que no, y ya comenzaba a darme lástima. Un día más volvió a insistir. Acepté. Llegó en menos de lo esperado para instalarse en mi departamento hasta después que se ocultó el sol. Tarde, la conversación ya me aburría hasta que le propuse salir a caminar; lo quería sacar de lo que considero mi territorio. No quiso.


-¿Qué querés hacer, entonces?


Admiré su sinceridad; hizo una seña para que fuéramos a la cama. Le dije que no, que en cambio me enseñara a estudiar (sí, no se estudiar, y él sí).

Y allí se desvirtuó todo. No entraré en detalles, estoy sumamente avergonzado. Él es repugnante y yo… aún no me lo explico.

Caí en la cuenta de lo que hacía demasiado tarde, cuando mi “yo” estaba dentro de su “él”. Aquello era eterno y ya empezaba a experimentar algo parecido a la náusea. Mentí otra vez, que estaba cansado, que ya no tenía fuerza ni en las piernas ni en los brazos.

Como si fuera poco a mi pesar se recostó a mi lado y ¡me abrazó! Si por él fuera hubiéramos comenzado un nuevo día de esa manera. Esperé el tiempo que creí exacto y me fue al baño. Cuando volví lo encontré vistiéndose lentamente. Todavía sentí piedad, y por el frío le presté una campera que ahora deberá devolverme. Sí, soy un idiota.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Edgardo

Edgardo es un chico algo menor que yo que trabaja en un centro comercial al que voy con frecuencia a hacer compras. Edgardo me gusta tanto como nervioso me pone. Es increíble el poder que ejerce sobre mí. Ojalá nunca lo descubra. Ojalá no sea tarde.

Yo apenas sabía su nombre, y ni tenía la certeza de que fuera gay, aunque albergaba mis serias dudas. Un día lo agregué a Facebook y me aceptó. Pegamos onda. No pude evitar hacerle saber que me encantaba (traicionando todas mis recetas de conquista) y él tan sólo dejó deslizar que algo mío lo atraía. Pocos días después quedamos en vernos y ese gran paso para mi humanidad sólo lo saboreé con disgusto: no pude robarle el beso que quería.

Sucede que es más tímido que yo, y yo tan poco vivido que no puedo decodificar sus señales.

Para la misma semana lo invité a comer a mi departamento, con sabe dios que intensiones, pues aún yo estaba de novio. Muy tarde para mi gusto me dijo que no vendría y comencé a oler histeria.

Seguíamos conversando hasta que la semana pasada lo invité a ir a bailar un viernes, el peor de los días para salir en plan “gay” en el invierno marplatense. De todas formas la pasamos bien, me agrada su compañía.

Como nunca al día siguiente tuve que salir nuevamente (era el cumpleaños del novio de mi ángel guardián, Leandro) y confirmé que ese sí era un buen día para ir a bailar y se lo hice saber a Edgardo, quien no perdió tiempo para comprometerme para el próximo fin de semana. Que fue ayer.

Esta vez le pedí que viniera antes. Después de un tiempo me pidió permiso para recostarse en mi cama, para poder ver mejor la tele. Yo, por mi parte pude (y solamente) recostarme cerca suyo pero a distancia abismal. Le mentí que tenía mucho frío, pero la realidad era que el temblor inacabable de mi cuerpo no era más que los nervios que me producía la idea de besarlo. Ambos nos dimos sueño y como la cosa no iba para ningún lugar terminamos por ir a bailar, muy al pesar de nuestro deseo.

Allí en el boliche la pasamos muy bien. Este diálogo lo considero memorable:

-Bailás muy bien-, dijo Edgardo.

-Nah. A mi me gusta como bailas vos. Además estás muy lindo-, admití.

-Vos también-, me sonrió (dios, es tan… atractivo).

-No era necesario mentirme-, le dije con la sonrisa que empleo para este latiguillo.

-No te miento. Si no hubiese dicho simplemente “gracias”.

Quiso irse temprano. Y bastante temprano como para hacer valer el costo de la entrada estábamos volviendo a mi departamento. Yo lo había invitado a desayunar, puesto que él me había mentido que tenía hambre.

Ni bien entró se recostó en la cama. Pensé que sería oportuno sentarme un rato a su lado. Volvía a temblarme el cuerpo. Estaba diciendo muchas tonterías y ya empezaba a mirarlo. Era un punto de no retorno y me asustaba la sola idea del rechazo.

Esto no fue lo más oportuno, pero le pregunté si podía darle un beso. El lo dudó, y ese instante mínimo que tardó para decirme que sí fue de terror.

Lo besé. Yo sé que amó mis besos. Y por mi lado yo sólo me saqué las ganas. Me quedé con sabor a poco, me esperaba más del “beso”. Pero tener en mi cama al proyecto de Adonis hiper relajado fue bastante para madrugada del domingo.

Nota: Su piel es maravillosa, terriblemente suave. Pero tiene estrías, algo que me desconcertó. Esto es tan sólo un ejemplo. Me hizo pensar que si alguien como él puede provocarme tantas cosas, qué será lo que yo puedo transmitir con mi cuerpo que no tiene estrías, y no es muy distinto al suyo. No entiendo por qué me desvalorizo tanto cuando todo me indica que soy mejor de lo que entiendo.

PD: volverá. Y habremos de tener sexo. Será raro, lo sé.